Fibromialgia: Epidemiología y antecedentes

La fibromialgia (FM) es un trastorno crónico caracterizado por dolor generalizado y sensibilidad (Wolfe et al. 1990; Jackel and Genth 2007) y se estima que afecta al 0,5-10% de los adultos en todo el mundo (White and Harth 2001; Coster et al. 2008; Branco et al. 2010) con predominio entre las mujeres (Yunus 2002; Kim and Chang 2012). Una serie de otros síntomas pueden acompañar el dolor en FM incluyendo fatiga, trastornos del sueño, dolores de cabeza, problemas de memoria o concentración, trastornos del estado de ánimo y rigidez (Wolfe et al. 1990; Jackel and Genth 2007; Arnold et al. 2008; Kim and Chang 2012). No es de extrañar entonces que FM ejerza una gran carga de costos para el individuo, cuidadores, (Boonen et al. 2005; Berger et al. 2008; White et al. 2009) y la sociedad (Bennett et al. 2007; Annemans et al. 2009; Chandran et al. 2012) y ha hecho de la FM un problema de salud pública a nivel mundial (Annemans et al. 2009; Lachaine et al. 2010).

Identificar tratamientos eficaces para FM ha sido un desafío de larga data para las comunidades médicas y científicas (McLoughlin et al. 2011). De la variedad de tratamientos que se utilizan comúnmente en pacientes con dolor crónico, la mayoría de ellos dirigidos a la reducción del dolor, pocos muestran algún efecto (Moore et al. 2009; Derry et al. 2012; Moore et al. 2012; Tort et al. 2012; Deare et al. 2013), mientras que muchos no tienen evidencia de efecto clínicamente significativo (Gill et al. 2011; Moore et al. 2011; Corrigan et al. 2012; Hearn et al. 2012; Jensen et al. 2012; Hauser et al. 2013; Langhorst et al. 2013), especialmente a largo plazo en pacientes con FM. El uso de analgésicos va acompañado de una serie de efectos secundarios que afectan la concordancia con el tratamiento (Gill et al. 2011; Derry et al. 2012).

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FM se diagnostica actualmente utilizando los criterios modificados del American College of Rheumatology 2010 que utiliza dos escalas, el índice de dolor generalizado (Widespread Pain Index – WPI) y la escala de gravedad de los síntomas (Symptom Severity – SS). El diagnóstico se basa en el cumplimiento de tres criterios: WPI ≥ (0-19) y la puntuación de las SS ≥ (0-12) o un WPI de 3-6 y una SS es ≥9; un nivel similar persistente de síntomas durante al menos 3 meses; y la ausencia de otro trastorno que pueda estás generando dolor (Wolfe et al. 2010).

La etiología de FM es desconocida y esquiva (Klaver-Krol et al. 2012). Se han ofrecido varias hipótesis para los mecanismos fisiopatológicos como la agregación familiar (Arnold et al. 2004), regulación perturbada de aminas pro-nociceptivas y anti-nociceptivas (Offenbaecher et al. 1999; Zubieta et al. 2003), sumatoria temporal anormal del dolor (wind-up) y la sensibilización central (Staud 2002), patrones de activación central alterados (Caro et al. 2008), disfunción del sistema inmunitario (Blanco et al. 2010) y anomalías neuroendocrinas (Crofford et al. 1994; McLean et al. 2006).

FM se ha descrito como un síndrome somático funcional y hay una serie de condiciones descritas con este término incluyendo síndrome del intestino irritable (IBS), cistitis intersticial y síndrome de fatiga crónica (CFS), etc. (Kim and Chang 2012; Warren et al. 2013). Se ha postulado que estas condiciones comparten un mecanismo fisiopatológico común (Staud 2002). Lo preocupante, es que el número de síndromes somáticos funcionales existentes es un factor de riesgo importante para nuevos y diferentes síndromes somáticos funcionales, especialmente FM, CFS y IBS (Warren et al. 2013). Por lo tanto, mejorar nuestra comprensión de la FM puede tener implicaciones para otros síndromes somáticos funcionales y tiene el potencial de reducir el impacto de estas condiciones en las personas que sufren con ellos.

Un tratamiento que ha demostrado ser eficaz es el ejercicio (Busch et al. 2007; Busch et al. 2008) conduciendo a mejoras en el estado de ánimo, bienestar general y síntomas (Wigers et al. 1996; Jones et al. 2002). Desafortunadamente, las personas con FM son indecisos para participar en el ejercicio por miedo a la exacerbación de los síntomas (Turk et al. 2004) y debido a sentimientos de fatiga (Bachasson et al. 2013). Se ha sugerido que las personas con FM han reducido la fuerza muscular y la capacidad oxidativa en comparación con los grupos de control de individuos sanos (Mastaglia 2012), sin embargo, estos cambios pueden ser una respuesta secundaria a la reducción de la actividad física (Mastaglia 2012). También se ha demostrado que las personas con FM realizan tan bien los ejercicios al igual que los grupo de control con sujetos sanos, además, sin evidencia de fatiga excesiva durante el ejercicio máximo y submáximo sostenido durante las pruebas de laboratorio (Miller et al. 1996). Sin embargo, la percepción del esfuerzo durante estas tareas fue mayor en los enfermos de fibromialgia (Miller et al. 1996).

Por lo tanto, la fibromialgia es una afección difícil de vivir, una afección que es difícil de diagnosticar y manejar. Explorar los aspectos bio/psico/sociales de la fibromialgia nos da la oportunidad de ver los componentes del síndrome como entidades individuales y luego combinarlos para abordar la necesidad de entender a un individuo que vive con dolor persistente desde una perspectiva holística.

Prof. Dr. Antonio Ciardo, BSc (Hons) Ost Med, DO, PG Med, MBA

Codirector de la Clínica Thuban

Escuela Superior de Osteopatía

Profesor del curso online de Introducción al cuidado de la salud basado en la evidencia

Profesor del curso online de Gestión del dolor crónico y persistente


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